¿Dónde está la abuela?


Mi madre, es una señora de cincuenta y cinco años, de pocas amistades y malos chistes. Yo, no sé qué tanto me parezca a ella, le herede lo sincera y viajera, tal vez.
Pasó su juventud en Panamá, con mis abuelos, ellos eran personas medianamente acomodadas y tenían dinero suficiente para mantenerse ellos, y a la vez, a sus seis hijos y sus seis perros.

Era una familia grande, digo era, porque ya no son, de hecho no lo somos.
Mi abuelo, era un tipo alto, de bigote y sombrero, majestuoso; su esposa, mi abuela, era una señora insípida, ni tan aburrida ni tan alegre, ni tan vodka ni tan cerveza. Llevaban diez y nueve años de matrimonio y para celebrar los veinte años de su honorable boda, decidieron dar un aseo por Sur América.
Mi abuelo pensó que sería fácil tomar un avión desde Panamá hasta la Patagonia y a nadie le pareció mala idea, todos le hicieron caso. Estando allá, compraron una camioneta, no muy grande pero funcional, cumplía su propósito, acoger y transportar a la familia maravilla y su próximo trasteo.

Viajaron desde Argentina, pasaron por Chile y llegaron a Bolivia. Había mercancía de todos los países: zapatos, porcelanas, llaveros, bolsos, ropa, comida etc Mi abuelo tenía una fuerte obsesión por la ropa de paño y los sombreros beige, Bolivia parecía ser su país, había todo lo que él quería. Mi mamá y mis tíos (todos con sus respectivas mascotas) se sentían muy felices con el solo hecho de viajar y conocer, tomando fotografías o ensuciándose en los parques, viendo caras nuevas, gente diferente, con vestidos diferentes, con miradas diferentes y acentos diferentes.

Por su parte mi abuela, había encontrado una venta tapetes de esos que le encantaban, de esos mismos colores con los que había disfrazado toda su casa.

Fue necesario enviar tres cajas vía aérea hacia Panamá, ya que no cabían en el carro, todo el espacio de la parte trasera del vehículo fue ocupado por tres inmensos tapetes, que a pesar de estar enrollados seguían siendo muy grandes.
La abuela lucía alegre y feliz, tanto que toda la familia olvidó por completo la enfermedad de su corazón, una más en su colección de enfermedades. El siguiente país en la ruta era Perú, luego iría Ecuador y de Colombia subirían a Panamá y allá la abuela se haría sus chequeos habituales.

Oh lindo Perú, el país perfecto para un ataque respiratorio. Fue cuestión de minutos para que este dejara de ser problema para la abuela, ya que tanto sus pulmones como su corazón dejaron de funcionar.

Enterrarla en tierra extranjera no lo consideraban viable. Hacer papeles y cartas jamás fue una opción para mi abuelo. Así que por decisión de él, y resignación de los demás optaron por llevar a la abuela de vuelta a su país… en carro.
Entonces fueron útiles sus tapetes. La envolvieron de pies a cabeza con ellos, y aun con la abuela adentro, seguían ocupando el mismo espacio en el vehículo, nadie lo notaría.

Atravesaron Perú, llegaron a Ecuador y ni la policía ni nadie que se acercaba al carro notó el sitio de la abuela. Llegaron a Colombia y era cuestión de días para llegar a casa, la abuela aun no olía mal, o los tapetes no permitían que su aroma se escapara, además, mi mamá traía con ella mil y un lociones que mi abuelo le había obsequiado en Chile, todas de gran utilidad.
Estando en la capital, decidieron enviar unas cajas con ropa a Panamá, para abrir espacio e ir más cómodos, al fin y al cabo ya iban llegando y les saldría económico el envío. Para nadie era fácil ir a sacar cajas del baúl sabiendo que al lado de ellas estaba el cuerpo sin vida de la abuela, no fue sencillo pasear con una madre muerta a espaldas.

Fueron a la oficina de correos, tardaron minutos llenando papeles y confirmando datos y al volver a la camioneta, todos sintieron dos inmensos vacíos: Uno en el pecho y otro en el baúl. Alguien había robado los tapetes, con la abuela adentro.

Nadie hizo nada, no había donde acudir ni cómo acudir.

El recuerdo de la abuela perdura en las alfombras de la casa y nadie lamenta nada porque no podían hacer nada, la única satisfacción en medio de su indignación, ha sido imaginar la cara de los ladrones al encontrar en medio de su alegría el cuerpo muerto de la abuela.

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