Los piratas (fragmento de un libro espacial y acabronado)


Capitulo cuatro

Aún tengo presente el recuerdo de las madrugadas juntos.

Habían días oscuros, cuando llegaba a su casa y él estaba tan triste, tan decaído, tan vacío, tan pensativo (como siempre), tan untado de su mierda, tan lleno de esa luz que me conquistaba, y de pronto, por alguna razón que no logro comprender, yo me sentía fuerte, me sentía bella y capaz de hacerle ver el sol, abría su ventana, le acariciaba la barba, le besaba la punta de la nariz, le arrullaba los ojos y le dibujaba preguntas en el pecho para luego colorearle los sueños.

Me sorprende la motivación que me daba verlo tan mal, tan nada.
No recuerdo hace cuánto tiempo no me sentía tan bien como aquellos días en que él amanecía tan mal.
Dejamos de ser suspiros y fuimos viento eterno recorriendo los campos, las cordilleras que separan mi casa de la suya, su país del mío.

Sin embargo, habían otros días, otros donde mí cabello no brillaba y él no lograba hacer cuentos de mis mechones de colores; días donde los piratas de los barcos que navegaban el mar en mi cabeza se quedaban dormidos, borrachos, y algún pulpo de nombre cualquiera (Doroteo, Clefosforo, Eutimio) hundía sus tesoros en lo más profundo de mi cuero cabelludo.
Esos días donde no entendía por qué mí cabello no quedaba azul por siempre, por qué se tornaba a veces verde y amarillo, como el pasto marchito con la llegada del verano en el jardín de la casa de su madre. Allá, en ese país donde si hay estaciones y el mar está a una hora de su oscura barba.

Entonces aparecía mi mayor habilidad, la depresión.
Soy experta en inventar depresiones. Depresiones por el gris, por las nubes, por el sol, por el agua, por el polvo, por la soledad, por la sopa, por la cerveza, por el miedo, por la noche, por el día, por mi madre, por mis patines, por los libros que no he escrito y los poemas que alguien se quedó.
Fatídica.

Otros días nos hundíamos en un sinfín de análisis, discutíamos sobre serpientes y gatos en el limbo, o dejábamos de cocinar buscando en los diccionarios de mi casa las propiedades de la célula vegetal. Divagábamos a cerca de las probabilidades de destrucción que tiene una piedra y de lo sola y caliente que ha de sentirse en el desierto sin nadie que la patee, sin nadie que la ame.

Nos deprimíamos juntos y nos alegrábamos juntos. Luego no sabía qué día era o si ya había llamado a mi madre a preguntarle por su gata, o si ya habíamos enviado las correcciones de los proyectos por los que habíamos trasnochado dos semanas antes juntos.

Acostados en el piso de su sala, con el tapete debajo y las cobijas encima, con mis mejillas empapadas por su contagiosa depresión y sus dientes sucios por mi pegajosa alegría.
Hablábamos de cómo se nos había ido el tiempo, y en lo blanca que estaba mi piel, en lo curioso del clima en mí país, en las estaciones que habían nacido en éste y cómo yo, viviendo en una ciudad soleada, podía seguir siendo tan blanca, con los brazos tan blancos, las piernas tan blancas, el culo tan blanco, y de cómo él, aun sabiendo que mi culo estaba ahí, cubierto, blanco y sin sol, decidía ignoralo y prefería abrazarme y simplemente dormir a mi lado.

Ni yo misma sé el camino de mis lunares, aún no sé por qué le gusta besarlos tanto, tanto cuando lloro y mi piel se torna más blanca, tanto que no lloro cuando sé que le gusta que llore.
A menudo parecía que esas manchitas tuvieran vida y marchaban a la orden de su voz, y de su boca, de cada movimiento que hacía.

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