Hijo de puta


Suelo pensar que las mejores cosas pasan los miércoles o los días 14 y 17 o que febrero  es el mes menos imperfecto del año.

Pero a este tipo, no lo conocí en ninguno de estos días y afortunadamente menos en ese mes, ya habrán de suponer ustedes lo grato que fue su paso por mi avenida.

El problema empezó desde el día en que le dije que había tenido una pesadilla con él, desde entonces dice ser el hombre de mis sueños.

Sin duda es uno de los hombres más atractivos con los que he estado. Tiene ojos café infinito, dentadura perfecta, espalda musculosa, estatura promedio y la piel canela, pero, por desgracia no era buen amante, el sexo no era su fuerte, era patético, aunque no he de negar que su fuerte era el conquistar, era un maestro ante eso que hoy llamaré cortejo pre.

Solía leerme poesía e invitarme una copa de vino, se sentaba junto a mí y susurraba versos suavemente en mi oído, sentía su respiración en el cuello, tu temple y tono de voz hacían que mi piel se erizara, mientras el dedo gordo de mi pie derecho se estiraba.

Cómo resistirse a las mieles de la poesía empapadas con vino tinto y perfume,  qué débil es la carne cuando se detiene el corazón, qué frágil es la conciencia cuando se pierde la razón, cuando la prosa quita la ropa y el romance se vuelve canción.

En ese entonces lo consideraba un caballero, era culto, bien vestido, educado, tenía estudios de filosofía y literatura, pero, a pesar de eso se hacía llamar un hp.

Un hijo de puta habría de decir yo, si no fuera porque conocí a su madre, una señora hermosa, de cabello castaño y piel blanca. Por fortuna nunca conocí a su padre,  porque debía ser igual a él y dos contra una jamás será justo.

Pero no, no era un hijo de puta, según su teoría, él era el hombre perfecto.

Yo lo quería, yo lo quise, yo no lo quiero.

Creo que el encanto de su sonrisa no me permitía ver la mierda que escondía tras esos dientes. Tarde muy tarde vino a reclamar los regalos que olvido debajo de mi cama, las plumas que volaron desde la montaña donde vivía hasta la avenida de mi casa fueron perdiéndose en el camino y de eso que yo vi, ya no había nada.

Y desde entonces le  aborrezco, me disgusta su sonrisa, me fastidia su mirada, no soporto su presencia, me molesta, me da rabia.

Un día pasando la calle, un desconocido se lanzó sobre mí, diciendo que me amaba, que era el día más feliz de su vida ¿qué clase de broma es esta? Pensé que me iban a robar, que me iban a secuestrar pero  era peor que eso, era él. Días después llego a mi casa con un libro, lo único que amo de él,  un libro de su hermana para mí.

-¿Aun quieres tener un hijo conmigo? -No, jamás. Suyo, no quiero ni el recuerdo.

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