Puta


¿Qué tiene esa boca que logra en todos, cierta perversión, deseo y repugnancia?

Si hubiera sabido que era así de idónea jamás me hubiera atrevido a poner mi lengua dentro de ella; pobre del náufrago que quiso besarla en medio de su desarraigo y desenfreno voraz, daría la mitad de mi sueldo por una fotografía de esa escena, pobre perdedor.

No recuerdo cuando fue la última vez que quise arrancar sin piedad e indecencia esos labios rosa que bien conoce el pueblo entero y que si bien lo quisiera su dueña, podrían ser míos solo y únicamente míos.

Valentina es su nombre, hasta romántico suena cuando lo cantas, desnudo en la ventana, con un cigarro en la mano y esa mezcla plácida de labial, vodka y ella en tu garganta.

Que tormentosa ha de ser su desdicha en medio de ladrones y condes; que bien disimula su vocación, con esos trajes de dama y porte de princesa, con esa astuta sonrisa y ese cálido gesto de satisfacción y erotismo escondido en ese ondulado cabello. Cuando la vi por primera vez, podría haber apostado todas mis propiedades y mi buen nombre a su decencia y pureza.

Ninguna mujer había despertado antes tanto deseo en mí, ni en mis colegas, ni en mis mujeres.

¡Esa boca!  Dios me libre de alejarme de ella algún día, de esa dulce boca, de esa boca que me vela, que me condena y venera…

De esa puta boca que me enamoró.

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